Quien quiera participar activamente y subir textos o abrir foros de debate, no tiene más que escribir un comentario en el foro con su correo electrónico y se le darán privilegios para postear.
Salud y fuerza

miércoles, 30 de junio de 2010

Centímetro




Todos comenzaban a ser conscientes del engaño. Trataron desesperadamente de ponerle solución. Era demasiado tarde. Centímetro a centímetro el Sistema comenzaba a imponer a sus nuevas condiciones. Un naciente imperio con hambre de poder esperaba su entrada triunfal, retirando los despojos de una cultura extinguida y obsoleta.
El futuro ya era presente...

martes, 29 de junio de 2010

Conjuro




Su aspecto peculiar le hacía más atrayente al gran público. Fue en aquella inmensa plaza y ante aquel gentío espectante que su figura largirucha y espectral invocó la palabra secreta, difícil de recordar e imposible de pronunciar.

Inmediatamente una sensación confortable y pacífica se extendió por todos y cada uno de aquellos rincones de esa inmensa plaza. Por un instante la humanidad fue feliz.

lunes, 28 de junio de 2010

Imperdonable despiste

Desde que tengo memoria, me confieso un contumaz despistado. Mis despistes (muchos de ellos guardados celosamente) se podrían clasificar en tantos apartados como situaciones se nos presentan cada día. No obstante, como para muestra sólo basta un botón, os voy a confesar lo que me aconteció en mi viaje de luna de miel, lógicamente, en compañía de mi flamante esposa.
Así pues, pasada la boda y toda la parafernalia, después de retozar unos días, propuse a mi mujer tomar la carretera cabalgando sobre “una moto”, que fue durante mucho tiempo mi inseparable compañera. Y dejándonos llevar por el deseo, nuestro propósito no era otro que peregrinar gozosamente por la geografía española hasta que nuestras fuerzas lo permitieran.
Es obligado decir que a mis treinta y dos años, y con veinte años mi rutilante esposa, en mi cerebro no había espacio para albergar otro pensamiento que no fuera el sexo, lo que vino a acentuar aún más mi despiste.
Aunque estábamos en pleno verano, unos densos nubarrones anunciaban aquella mañana la posibilidad de tormenta. No por eso pusimos el menor reparo en llevar a cabo nuestro proyecto. Pero cuando apenas había transcurrido una hora de viaje, empezaron a caer las primeras gotas de agua. Me aparté al arcén de la carretera, y sin parar el motor, ambos bajamos y nos vestimos los impermeables para continuar el viaje. Acto seguido, subí nuevamente a “la moto” y me alejé con la velocidad del furtivo.
Pasados unos minutos, al observar que la calidez de sus brazos no envolvía mi cintura, hurgué en mi espalda y comprobé que mi mujer no viajaba conmigo. Un trallazo en el corazón me hizo palidecer de miedo, pensando por un momento que la había perdido para siempre. Sin más preámbulos o medidas de seguridad, crucé la carretera y la enfilé en dirección contraria. Mis ojos no alcanzaban a ver su figura en lontananza, hasta que al fin observé, donde se reducía la carretera a una línea, un oscuro bulto que en nada se parecía a una persona. Cuando llegué a ella, apretados en un abrazo, nuestros ojos se nublaron de emoción. Eso sí, en su mirada pude ver que, en mi corta vida de casado, muy bien podría suceder que la próxima noche durmiera en la butaca.

sábado, 26 de junio de 2010

Espanto

-¿¡Qué haces aquí, abuela, si has muerto hace cinco años!?
-¿¡Qué haces tú aquí, niña, si sólo tienes quince años!?

viernes, 25 de junio de 2010

Del románico al renacimiento




Del románico al renacimiento, de ser devorada por do más pecado había, a cantar la eterna belleza femenina.
Cuatro siglos en recorrer despacio el camino, del XII al XVI en el mismo páramo castellano, de Frómista a Zorita, en la misma provincia de Palencia.
Qué difícil se hace el alabar la belleza de la vida y cuantos pasos atrás en la historia del hombre.
Qué suerte haber superado los años negros de la juventud y adolescencia, cuando a la represión franquista, se unían aquellos misioneros que recorrían los pueblos asustando con la llegada del fin del mundo y la pena de fuego eterno para los pecadores inconfesos.
Qué dicha vivir el presente, sin temor al futuro, ni al más allá. Vivir en paz con la conciencia y disfrutar de la belleza, sea en una flor, en un atardecer, en el vuelo del cernícalo o en la calma del pacer de las ovejas.

Mi vida con César

César y yo vivimos juntos durante más de diez años. No me imagino la vida sin él, siento que ha estado a mi lado desde siempre.
Al principio era muy dulce y siempre me hacía reír. Hasta que un día, a menos de un año de convivencia, sucedió la primera agresión; no fue muy fuerte, pero me dolió y, casi sin pensarlo, le devolví el golpe. Él se quedó mirándome descolocado, evidentemente no se imaginaba que era capaz de defenderme. Las agresiones se sucedieron, y se hicieron cada vez más frecuentes. Pero, ante mis respuestas, se encolerizaba más y todo se salía de control. Así que no le di demasiada importancia al asunto y opté por ignorar sus ataques de violencia, porque eran parte de él, de su masculinidad, y yo sabía que nunca sería capaz de hacerme daño realmente.
Todos quienes lo conocían lo encontraban encantador, pero Inés, mi única amiga, sabía de su temperamento y alguna vez se sinceró: "Vos y tu César... no sé cómo lo aguantás" Es que nunca lo pudo entender, sé que siempre me consideró una estúpida por quererlo así. Nunca comprendió cuánto necesitaba su compañía; y es que, cuando no estaba enojado, podía ser tan dulce como en los primeros tiempos, despertarme a la mañana con una canción, hacerme reír... y yo estaba tan sola...
Lo aceptaba como era. Y tal vez fue por eso que siempre le perdoné todo: porque era el único que me aceptaba tal cual soy ¿Por qué la violencia? Nunca lo entendí, se me hacía imposible entrar en su mente y leer sus pensamientos. Cómo me hubiera gustado poder hacerlo, especialmente cuando, por cualquier pequeñez, montaba en cólera y comenzaba a atacarme. Pero los momentos de afecto y alegría me hacían olvidar sus tontas agresiones.
Cuando enfermó sentí que mi corazón se estrujaba. Lentamente, había ido perdiendo su carácter, y siempre estaba cansado y sin apetito. Pasó poco tiempo antes de que supiera de su enfermedad. Él nunca supo lo grave que era, pero el doctor Valman me había dicho la verdad, aún recuerdo sus palabras “No hay forma de saber si el tratamiento va a funcionar, hay que esperar”; le hablé de internarlo, pero me respondió que no haría diferencia.
Una noche, César se veía especialmente mal. Temerosa, llamé a Valman: “Si mañana sigue igual, lo llevamos a la clínica” me respondió. Pero el tono de su voz no hizo sino intranquilizarme aún más.
Entré al cuarto de César y lo hallé profundamente dormido. Me descubrí llorando: "César, no me hagas ésto, te necesito" murmuraba para mis adentros "Te quiero, César" y las lágrimas corrían por mi rostro.
Siempre supe que, posiblemente, la diferencia de edad lo haría partir antes que yo, pero aún no estaba lista, no resistía la idea de perderlo.
Llevé una reposera a su habitación, y me recosté sin hacer ruido.
Finalmente, el sueño me venció. Desperté tres o cuatro horas más tarde. El cuarto estaba en penumbras. Yo estaba de espaldas a él. Intenté darme vuelta: no me atrevía; tenía terror de ver sus brillantes ojos negros cerrados para siempre.
Me revolvía en la reposera, sin hallar el valor para mirarlo. Pero él vio mis movimientos, se dio cuenta de que estaba despierta... y me dedicó su canción, la misma que me había cantado por más de diez años. Me di vuelta en un segundo: "¿César...? ¡César! ¡Estás bien!" Fui hasta el comedor y llamé al doctor Valman para contarle: “Ah, entonces el tratamiento funcionó" me respondió "Si ya está mejor, no se preocupe, se va a recuperar del todo".
Mientras hablaba con Valman, César había entrado al comedor sin que yo lo notara. Primero me dio un pellizco en un pie para que le prestara atención. Luego, dejando caer las alas y con la cola desplegada en abanico, inició su gracioso bailecito con cantos y arrullos, intentando seducirme. Como siempre, me hizo reír “¿Lo oye, doctor? Es Ave César ¡Está cantando!” El veterinario también rió y nos despedimos. Pero antes de que pudiera evitarlo, Ave César voló a mi falda y se dispuso a seguir durmiendo "Ah, no señor, no se acomode que yo me voy a la cama"; pero, cuando intenté agarrarlo para llevarlo al lavadero (su cuarto privado) la emprendió a aletazo limpio, tratando de liberarse, de imponer sus orgullosos doscientos gramos a mis tolerantes cincuenta kilos. Desde que lo encontré, un pichoncito asustado caído de su nido, no pude dejar de consentirlo. Humillado entre mis manos, pataleaba impotente y me lanzaba pellizcones con su fino piquito de tórtolo silvestre. "¡Ay, César! ¡Me dolió! ¿Tenés que enloquecerte así? Te vas a lastimar... ¡Basta! A dormir"
Antes de soltarlo, le di un beso en su cabecita azul, y me alegré por contar con su afecto incondicional durante un tiempo más, porque me haga reír, porque me dedique su canción en las mañanas.

jueves, 24 de junio de 2010

Un nuevo ritual

Ipy ha sido siempre una mujer exitosa. Ya cumplió cuarenta años (un logro poco común) y trajo al mundo a catorce hijos. Su cuerpo es fornido, sus partos fueron fáciles. Aún tiene dos hijos con vida, un varón y una mujer, y numerosos nietos. Siempre supo proporcionarse buenos y abundantes alimentos. Nació para triunfar.
Pero, últimamente, sus huesos comenzaron a dolerle y ha perdido agilidad. Los pocos dientes que le quedan le hacen difícil masticar, y ya le da miedo morder algo duro, porque varias veces se le ha quedado un diente clavado en un trozo de carne.
Ipy se ha apegado especialmente a su última hija y disfruta de su compañía; comparten la comida, juntan frutas, cazan liebres, atrapan peces en el río. Nunca se han separado desde que la niña nació, y su vínculo se ha ido fortaleciendo con los años. Si bien otros niños se apartan de sus madres en cuanto pueden valerse por sí mismos, borrando a sus progenitoras de sus memorias, la hija de Ipy encontró en su madre a su mejor compañera.
Pero hoy la jovencita amaneció a los gritos; Ipy intenta levantarla del sitio en el que se halla tendida, pero la muchacha la rechaza y se convulsiona, retorciéndose. Su madre fija la vista en el vientre enorme de la niña de doce años, ve los espasmos, reconoce esos dolores; pero los gritos la ponen nerviosa y se aleja, buscando algo de calma. Se siente extraña. Toca su propio vientre, ya vacío desde hace algunos años, pero aún recuerda el dolor y lo que viene después.
Al final del día se acerca a su hija esperando encontrar un bebé, pero no hay nada, y la niña continúa a los alaridos; tampoco acepta la comida que su madre le ofrece.
Dos días han pasado y, cada vez, Ipy comprende menos por qué no aparece el niño.
Al amanecer del tercer día, halla a su hija adormecida; por suerte, ya casi no se queja, pero no hay ningún bebé ¿Dónde está? La madre se acerca a cada rato y, a medida que pasan las horas, su confusión aumenta, mientras la energía de su hija disminuye.
Finalmente, la halla profundamente dormida, con un niño entre sus piernas, aún atado a ella y rodeados por un charco de sangre. Ipy intenta cortar el cordón con los dientes, pero ya no tienen suficiente filo, así que usa una piedra cortante; luego coloca al bebé sobre el pecho de su hija, los arropa con el abrigo de piel de la niña y se va a dormir.
Al día siguiente, el llanto del recién nacido retumba estridente. Pero algo extraño le sucede a la muchacha. Su madre la toca: está rígida como un trozo de madera. Se sobresalta, se queda mirándola por largo rato; siente algo horrible, aunque no sabe qué es.
Ipy toma al niño entre sus brazos, como tantas veces ha hecho con sus hijos, y lo acerca a su cuerpo, pero sus pechos ya estériles no pueden alimentarlo. Igualmente, continúa ofreciéndole su seno. El pequeño succiona con fruición hasta que, en vez de leche, brota sangre. El dolor la hace apartar a su nieto, pero continúa cargándolo sin saber qué hacer, mientras los llantos se hacen cada vez más fuertes.
Los restos de su hija han comenzado a oler. Tres hombres, el hijo de Ipy entre ellos, arrastran el cuerpo lejos del lugar. Ipy los sigue, llevando a su nieto entre sus brazos. Cavan un foso poco profundo y colocan en él el cuerpo hinchado pero, antes de que alcancen a cubrirlo, Ipy saca una fruta de su bolsa de cuero y la deposita junto al cadáver, cerca de la boca. Los hombres la miran sin comprender, y terminan su trabajo.
El llanto del niño ha comenzado a debilitarse, y su abuela se duerme junto a él. Al despertar, la criatura ya no llora. Tampoco respira. Ipy lo carga y se adentra en el bosque, donde cava un pequeño foso y lo entierra, envuelto en el abrigo de su hija. Su hijo, curioso, la ha seguido y observa extrañado esta costumbre de su madre de dejar cosas útiles en los fosos de los muertos.
Ipy se siente enferma, aunque no le duele nada. Ya se ha sentido así antes, pero esta vez es peor. No sabe qué hacer consigo misma; va a buscar frutas, como solía hacer con su hija, pero el malestar aumenta. No se come el único fruto que encuentra, no tiene hambre. Se sienta en una piedra y se queda inmóvil, mirando al vacío.
Su hijo se sienta junto a ella con un trozo de carne en la mano; se lo muestra y la toma por la cadera, colocándose detrás de ella, como siempre lo ha hecho desde la pubertad. Ipy se aleja. Su hijo insiste. Furiosa, lo rechaza con una contundente patada, no quiere aparearse ahora, no quiere nada. Su hijo le devuelve el golpe y se aleja a los gritos, llevándose la carne.
La temporada de frutas acaba de terminar, las liebres y los peces ya son demasiado rápidos para ella y su hijo no ha vuelto a acercársele para ofrecerle carne. La falta de alimento ha comenzado a consumirla, y la pérdida de fuerzas le hace cada vez más difícil conseguir sustento, sumiéndola en un círculo vicioso que, lentamente, va apagando su vida.
Desesperada por el hambre, un día quiere tomar un trozo de un animal que ha cazado un joven. La presa es grande y hay de sobra para él, su mujer de turno y ella. Ipy se acerca sigilosa a la pareja, tratando de pasar desapercibida. Arranca un trozo de carne e intenta correr, pero sus piernas ya no son lo bastante veloces y, antes de que logre alejarse, el muchacho la atrapa por un brazo, le propina un fuerte golpe de puño en la cara y le quita el bocado. Él no lo sabe, pero ha golpeado a su abuela. Dolorida y exhausta, Ipy se aleja de su nieto mayor, a quien ella tampoco reconoce, y se acurruca en un rincón apartada de los demás.
Allí pasa varios días dormitando, mientras su larga y productiva existencia va llegando a su fin. Una mañana, el olor de su cuerpo alerta al grupo. Su hijo y otros dos hombres arrastran el cadáver al bosque, hacen un pozo y lo colocan dentro. El hijo, en un impulso que no acaba de comprender, pone un hueso con carne junto a los restos de su madre. Los otros lo observan intrigados, y graban en sus memorias el nuevo ritual.
Terminado el entierro, los hombres comparten el producto de la caza del día anterior: una suculenta pierna de mamut.

miércoles, 23 de junio de 2010

LA DECIMOTERCERA PIEDRA




Esta es una historia muy antigua de una gran amiga nuestra "Vedia", cuyo nombre real, como todos sabéis o recordáis es Merche. Ahí va entonces:

“Trece Son las piedras que han de completar el círculo…”


Era la criatura más hermosa que había visto jamás...
La observaba embelesado escondido tras el escaso ramaje, a la orilla del río, donde ella danzaba al ritmo de notas de extrañas canciones, sones que no contenían palabras. Extraños y bellos ecos surgían de aquella garganta divina o de aquel cuerpo omnipotente.
La luna llena reflejada en las calmas aguas, su estela plateada interrumpida por aquella figura ondulante.
La quietud de la noche, el sonido de su cuerpo adentrándose en el agua, de nuevo la danza y esa larga cabellera penetrando en el río mojándose de estrellas.
Ella miró hacia donde él se encontraba y sus ojos se cruzaron por un segundo. Salió del agua, lentamente. Su cuerpo desnudo avanzó hacia los arbustos, deslumbrante, sensual, eterno.
Se acercó. Sus ígneos ojos brillaban. La noche, el río, el fuego…Puso los dedos tibios en sus labios, mientras murmuraba en un lenguaje incomprensible bellas palabras de amor al alma.
Enlazados, cayeron al suelo rodando.
Las pieles se unieron en un poema, meticulosa estrofa de sueños.
Las bocas susurraron promesas eternas, las caricias marcaron la desnudez de sus cuerpos.
Él cayó rendido en el abismo de sus pechos.
Los sexos se saludaron con avidez dolorosa, mientras intentaba nuevamente mirarla a los ojos, sin éxito.

El agua, el río, la luna, su pelo…

Despertó en medio de un claro del bosque. No recordaba cómo había llegado hasta allí. A su lado, restos de un fuego extinguido y sus ropas desgarradas. Agotado, miró en derredor y se encontró en el centro de un círculo formado por doce piedras, perfectamente colocadas. Se miró el pecho y observó una marca roja parecido a un pétalo de rosa.
Sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, de arriba abajo, de abajo arriba, de dentro a fuera, de fuera a dentro…y salió corriendo.




Todo estaba preparado.
La muchedumbre se agolpaba en la plaza de la aldea dispuesta a presenciar el espectáculo.

Lo que sería después la gran pira presidía el centro de la plaza. El jurado, a la derecha, en un improvisado palco, esperaba el gran momento.
La muchacha fue conducida hacia su hoguera mortal. Llevaba la cabeza tapada con una capucha negra. No se atrevieron a descubrirle el rostro desde su captura nocturna. Sabían que las brujas, a la luz del día, se convertían en una visión terrorífica imposible de olvidar para los ojos humanos. Annia apenas podía andar. Su cuerpo maltratado agotaba los últimos momentos de cordura en un paso lento, arrastrado, intentando mantener la cabeza encapuchada erguida, como si sus ojos adivinasen a través del oscuro paño las miradas que la seguían.
Su cabello rojizo y ondulado se dejaba caer sobre los pechos pequeños, desafiando ese sol magnífico de aquella primavera de 1394. Había llegado el momento: La bruja iba a ser quemada.
El juicio fue rápido. Demasiados testigos juraron ante Dios ofreciendo su testimonio.

Hubo quien la vio preparar sus ungüentos para volar, mezclando corteza con unto de caballo y culebra, para después impregnarse las corvas y las ingles al tiempo que decía las palabras prohibidas.

Otros tantos oyeron sus cánticos sin palabras, mientras ofrecía su cuerpo al diablo que, unas veces con apariencia humana y otras de macho cabrío, se acercaba al claro del bosque para deleitarse en su cuerpo, tras una serie de danzas más allá del Serc , hasta completar el círculo de trece. Juraron llegar a ver cómo las uñas de la muchacha se clavaban en la espalda de la bestia y afirmaban que aquellos gemidos les perseguían en sueños, terribles ensoñaciones que no cesaban desde entonces.
La vieron quitarse la piel y ponerla en remojo en una tinaja antes de subirse a la escoba, maldecir a Dios, beber la sangre de niños pequeños muertos en sus propias manos…
Aunque la prueba definitiva, la que tuvo más peso, fue la marca de Annia en su pecho: Una mancha rosada con forma de pétalo de rosa, insensible a los castigos, según sus torturadores. Sólo las brujas eran marcadas por el diablo, para ser reconocidas. Definitivamente era una de ellas. Y hoy se haría justicia.
Se hizo un silencio expectante en la plaza de la aldea cuando la muchacha fue maniatada en el centro junto a los matorrales que habrían de arder poco después.
Thomas se hizo un hueco entre la multitud, empujado por un sentimiento extraño que lo conducía hacia las proximidades de la mujer. Iba como hipnotizado, guiado a su destino con paso firme y con voz callada.
El silencio se prolongó durante unos minutos. No se oían las aves. No se oía el viento. Silencio infernal. O silencio divino.
Sólo la respiración profunda de la muchacha que hacía mecer sus rizos anaranjados en un suave compás. Sólo el sonido del miedo de la gente que purgaba sus culpas en la hoguera ajena.
El muchacho se adelantó y se dirigió a los miembros de los hombres sabios, aquellos que habían sentenciado a muerte a la muchacha y pidió ver el rostro de la condenada.

Continuó el silencio. La muchacha murmuró algo ininteligible y su verdugo le quitó la capucha dejando su semblante al descubierto. Dirigió sus ojos hacia Thomas y se quedaron en los de él. No tenía miedo. Antes de morir quemada, tenía que decirle algo…
Thomas sintió su mirada como una puñalada…Un vértigo que casi le hizo perder el equilibrio se apoderó de él. El tiempo pareció detenerse, sólo por un instante. Entonces, escuchó su voz…

Oyó la voz de su cuerpo en el río, noche tras noche, durante doce ciclos de luna. Sintió su calor, su olor y su pecho chocando con el suyo. Entendió en un segundo el por qué de su apatía, su sonambulismo y su sueño perenne: Era ella.
Nunca consiguió mirarla a los ojos…hasta ahora.
Aquellos ojos que invitaban al deseo, brillantes y eternos. Aquella mirada que tantas veces quiso encontrar, emborrachado de deseo. Ahora, frente a la hoguera supo el significado de todo lo vivido. Entendió por qué su cuerpo caminaba sin saberlo las noches de luna llena. Comprendió por qué amanecía desnudo en el claro del bosque, desmemoriado y cansado. Incluso pudo ver cómo cada ciclo lunar se añadía una piedra más al círculo…

Una brisa ligera le trajo el olor de la muchacha y lo aspiró. Dejó de mirarla a los ojos y descendió lentamente por su cuello, los prominentes pechos, la cintura, la delgadas piernas…y quiso morir de nuevo en ese cuerpo, como otras tantas veces.
Alguien prendió la hoguera, el tiempo se acababa. La muchacha, lejos de gritar ni se inmutó. Todo cuanto quería ver estaba frente a ella. Se llevó las manos blancas a la incipiente curva de su ombligo y sonrió. Allí estaba la decimotercera piedra, la que cerraba el círculo.
Nadie pudo evitar que el joven se precipitara en la hoguera.

Cuentan en la aldea que, más allá del Serc, cuando la noche es calma y las estrellas brillan reflejadas en el río, la bruja y el diablo siguen amándose con ese deseo brutal que sobrepasa los deseos humanos.

El agua, el río, la luna, su pelo, sus cuerpos entrelazados…por toda la eternidad

Vedia