El alma, ese ser etéreo que ocupa los cuerpos, es caprichosa
y escurridiza. No le gusta al alma estar encerrada, como el genio de la
lámpara y por eso, cuando la materia muere, emerge gozosa como un pajarillo a
quien le abren la jaula, para deambular a su libre albedrío.
Puesto que el alma es independiente, el presidio en un
cuerpo le resulta espantoso y aprovecha la menor ocasión para salir pitando, pero, si el organismo está vivo, sólo puede hacerlo con el estornudo. Es esta
exhalación la llave para abrir la puerta y no es la gripe, ni el polen, ni el
polvo lo que la provoca, como se cree; es el alma que cosquillea en esa frágil
membrana que tenemos dentro de la nariz, con la esperanza de provocar el
espasmo libertador.
Gracias a que tenemos la clave para que no huya como alma
que lleva el diablo, —que a veces se la lleva aprovechando la ocasión.
Jamás dejes de pronunciar las palabras milagrosas cuando
oigas retumbar un estornudo y más si es el tuyo: ¡Jesús! ¡Salud!
Me lo reveló mi abuela, palabra por palabra, que se lo había
confiado la suya, tal cual.



