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Salud y fuerza

miércoles, 10 de octubre de 2012

Amuletos verbales


El alma, ese ser etéreo que ocupa los cuerpos, es caprichosa y escurridiza. No le gusta al alma estar encerrada, como el genio de la lámpara y por eso, cuando la materia muere, emerge gozosa como un pajarillo a quien le abren la jaula, para deambular a su libre albedrío.
Puesto que el alma es independiente, el presidio en un cuerpo le resulta espantoso y aprovecha la menor ocasión para salir pitando, pero, si el organismo está vivo, sólo puede hacerlo con el estornudo. Es esta exhalación la llave para abrir la puerta y no es la gripe, ni el polen, ni el polvo lo que la provoca, como se cree; es el alma que cosquillea en esa frágil membrana que tenemos dentro de la nariz, con la esperanza de provocar el espasmo libertador.
Gracias a que tenemos la clave para que no huya como alma que lleva el diablo, —que a veces se la lleva aprovechando la ocasión.
Jamás dejes de pronunciar las palabras milagrosas cuando oigas retumbar un estornudo y más si es el tuyo: ¡Jesús! ¡Salud!



Me lo reveló mi abuela, palabra por palabra, que se lo había confiado la suya, tal cual.

jueves, 4 de octubre de 2012

La villa

Antes de decidirse debían valorar bien. Su nueva casa debía ser amplia, cómoda y conveniente para toda la tribu. Había muchísimos viviendas donde elegir en aquel sitio.

Apareció Pulgúmero, el matemático del clan, saltó diligente de un lado a otro observando los posibles hogares. Al fin dando un gran brinco se situó en la casa que más le agradaba a simple vista, y botando a todo lo largo hizo su escrutinio: ¡un, dos, tres, hale hop! Sí, aquella era una casa caliente y pródiga: el san bernardo enorme y peludo, de la perrera, sería su nueva residencia.
Sólo le quedaba repartir el espacio para todos; rebote tras rebote, calculó la medida de todo el perímetro: 63 pulgadas. Perfecto.

jueves, 13 de septiembre de 2012

HOY - AYER

En el fondo de mi alma vive un duende, que a veces juega a dibujar en mi boca una sonrisa, cuando pone en mi pecho un trozo de ternura.  Me transporta al pasado:  tengo una madre abnegada y amorosa, hermanas, un gran amor bálsamo para mis heridas, amigos y luego dos pimpollos pequeñitos,  que se van transformando en las rosas más hermosas, una germinó nutriéndose en mi savia.  A través de sus ojos miro al mundo, sin temor a sus grandes desafíos, me infunde  la fuerza de un coloso, es mi presente y mi futuro, la razón de vivir mi vida.
Pronto cae una cortina densa de neblina, esfumándose el ayer  y muy dentro una voz triste me recuerda, que todo lo he perdido, en las garras implacables de un destino incomprensible.
Vuelvo a sumarme a la columna de los débiles,  los vencidos, mariposas de alas rotas, rocas transformadas en arena por la furia de las olas,  aquellos que no encontramos el camino y vagamos por tierras inhóspitas,  desangrándonos en los zarzales.
Retrotrayendo  a veces nuestras mentes a la infancia,  para olvidar  que hoy las penas, nos arrastran hacia el borde de un abismo.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Reservado








 


Afuera la gente vive, las calles se llenan de emociones, amores, traiciones, odios y pasiones; se llenan de personas palpitantes. Caminan por las aceras ávidos de morder, muestran sus cuerpos morenos como mapas que sería delicioso recorrer.
            Con la vista esquivando el humo del cigarrillo, me asomo a esas vidas y a algunas de ellas quisiera seguirlas con los ojos cerrados, incluso una vez me atreví a intentarlo y por unos instantes saltaron las estrellas.
            Cuando el resplandor se apagó, cerré los ojos para ver lo que había pasado y vi que mi corazón lucia un letrero muy grande, en todos los idiomas. RESERVADO.
            Sigues ocupando mi corazón, sin embargo, sospecho que no volveré a verte jamás.

Para ser sincera







Quizás no debería contarte esto - le dijo mirándolo a  través del vaso de cerveza - descubriéndole solo una parte de su rostro, aunque también para darse tiempo a cambiar el tono, dependiendo de la expresión de él.
            A veces, siento la necesidad de salir corriendo, sobre todo por las tardes, entre las cinco y las ocho. Esas horas me desquician. Siempre es así, sobre las cinco me desintegro, la mujer que soy yo desaparece, me miro las manos y no las veo, me toco la cara y allí no hay nada, solo un espacio vacío y por dentro pasa igual, ¿a dónde van mis vísceras? No tengo ni idea, En el lugar en que debería estar yo, solo hay un dolor muy grande. Sé que es un dolor porque me falta el aire, no porque me lo digan la barriga o el pecho.
 
            Unas burbujas de cerveza le robaron retazos del rostro del hombre que la escuchaba.
             Aquello empezó hace mucho tiempo, fue una noche al cruzar una avenida de mi ciudad; debían ser las doce o algo así, yo caminaba sola, encuentro irresistible caminar de noche por las ciudades, me encanta mirar el cielo negro y las luces de los edificios pensando que las estrellas fugaces no son más que farolas de coches a gran velocidad.
            Odias las grandes ciudades, ya lo sé.
             Esa noche iba caminando muy despacio, llevaba una falda larga hasta los tobillos y el viento jugueteaba entre mis piernas, no me sentía ni triste ni alegre. Cuando llegué a la mitad de la calle alguien gritó desesperadamente mi nombre en la oscuridad. Era la voz de un hombre que me llamaba pero yo no reconocía esa voz  y sin embargo lo pronunció como si me quisiera rescatar de algo que estaba en frente de mi y que yo no podía ver.
             Miré hacía atrás buscando al dueño de la voz y no ví a nadie, desanduve mis pasos, busqué por la acera, en los quicios de las puertas, en los parterres llenos de flores. No había nadie. Y entonces me desdoblé, una es el saber y otra la ausencia, una es la tibieza, la otra el dolor de un recuerdo.

      
      ¿Te aburro verdad? - le dijo mientras su rostro asomaba detrás del vaso de cerveza.
             Lo siento, pensé que debía decírtelo, pues aún no he encontrado esa parte mía que se quedó buscando una voz que le advertía.















lunes, 6 de agosto de 2012


 Si tuviera apéndice nasal podría recordar el aroma de los verdes valles, de las retamas en flor y de la tierra húmeda, cuando Jorgito, subido a su grupa cabalgaba alborozado, sin otra idea en su cabecita que llegar al imaginario fortín, para estar a salvo de los apaches.

Si poseyera cerebro, podría rememorar los tiempos en que Lucas, subido encima de él, avanzaba por los extensos campos, pensando en llegar al castillo para rescatar a la princesa y matar al dragón de fauces ardientes. O cuando Lupita, encaramada en su lomo, corría por debajo de su hada madrina, que volaba etérea y ligera por encima de ella. Si tuviera corazón, ahora se hallaría triste, evocando como la pequeña Tina, jovial y traviesa, lo fustigaba con una vara, para que trotara más rápido y alcanzar la casa de la bruja, antes de que los infortunados niños fuesen engullidos por la malvada.

Pero no tenía cerebro, ni corazón, ni olfato; en realidad sólo tenía un cuerpo de encina, fabricado hacia muchos años por un mañoso carpintero. Y no tenía sueños porque éstos pertenecieron a unos chiquillos que ya habían extraviado la ilusión.

En el desván sigue el caballito de madera; viejo, desvencijado y desteñido. Aún sigue ahí, nadie sabe bien la razón, quizá salvaguardando las fantasías infantiles de los adultos que, de vez en cuando, lo contemplan con nostalgia. 

martes, 24 de julio de 2012

Axioma de un color


El blanco se inunda de rojo,
de rojo caliente, no comprendo
esta sangre que tiñe el papel,
mis palabras se secaron
hace tiempo como si fuesen
suspiros de sal sin cristal,
mis letras se asemejan
a las flores muertas que mueren
sobre las lápidas del olvido,
son frases de tez pálida,
pensamientos que se contraen
dolorosamente con el cansancio
que borra el color de los días.

En mis venas se despiertan
mil delirios de fuego líquido,
propuestas ingrávidas de atención,
incesantemente silenciosas,
saben que vagamos juntos
por el último de nuestros universos,
es un universo de susurros letales
y de polvo fatal, que se disuelve
en un cosmos donde la sombra
se adueña invariablemente de la luz,
para convertirla en una eternidad
que no deja de dar a luz penumbras.

Un lugar, hecho con muchos lugares,
se levanta en la memoria inmediata,
no tiene orden ni punto cardinal,
parece un sueño dentro de otro sueño,
o una vigilia de mirada inquietante,
no hay gente, ni huellas de recuerdos,
sólo hay espacios atormentados
con la dureza de la tierra seca,
horizontes de cielos desiertos,
y siento a la sonrisa de la desolación
brotando en mis labios, está fría,
tanto que asonreírla duele en los dientes,
y callo un poco más con cada segundo,
y cierro los ojos como si fuese muerte.


"Axioma de un color"
© Ediciones Cambalache Pokit in a pocket. chus alonso díaz-toledo.