Quien quiera participar activamente y subir textos o abrir foros de debate, no tiene más que escribir un comentario en el foro con su correo electrónico y se le darán privilegios para postear.
Salud y fuerza

jueves, 30 de abril de 2009

MADRE



Me regalaste aliento, alma, vida
A ti todo te lo debo, sin ti nada sería
Diste calor a mis frías noches,diste luz a mis oscuros días
Risas, llantos, caricias...
Eres como un faro, iluminándome en la vida.


Para ti mamá.

Por las buenas


Primero se apagaron las calderas, después los impenitentes se esfumaron como por ensalmo — ¡Diablos!— dijo Satán estupefacto cuando vio que sus demonios perdían cuernos y rabos, mientras una sonrisa beatifica aparecía en sus rostros.
A continuación fueron sus propios pitones los que se despegaron de su testa y la cola cayó exánime al suelo.
Enseguida notó una fuerza superior que lo elevaba a las alturas y, mientras subía, vio su averno desmoronarse como si fuera de arena. Comenzó a pensar con maldad, dispuesto a echar pestes por la boca pero, una tendencia misericordiosa se apoderó de él y las perversas ideologías se desvanecieron.
El panorama era hermosísimo y ahora, al verlo de nuevo, supo lo feliz que había sido allí, hacia mucho tiempo. Se posó en un suelo blanco y suave, cerca de unos riachuelos que, como espejos, le mostraron su figura: alto, cabello largo y rubio, ojos color cielo y unas alas blanquísimas, dúctiles.
La voz amorosa del Todopoderoso le llegó en ese instante.
—Lucifer, mi ángel.
Él trató de objetar con malevolencia pero ni esa palabra, ni su significado existían en su mente; todo era amor y magnanimidad.
Abajo, el mundo, pronto iba a comenzar su andadura.

La puerta quedó abierta



La puerta quedó abierta. El día que salió para hacer las Américas no la cerró.
Estaba cansado de ver a su Dolores bajar cada dos viernes al mercado de Posada para intentar vender los cuatro huevos que las gallinas ponían en 15 días; pero más le dolía que sus hijos no pudiesen comer los tortos con huevos. El dinero de la venta era el que les sacaba de un apuro: renovar una guadaña, comprar unos pantalones a Miguel, que crecía como un descosido, o pagar la consulta al médico de María cada vez que le entraba esa fiebre que parecían tercianas.
Todas las noches soñaba con un mundo sin tantas privaciones para los suyos; hasta que no pudo más y se atrevió a contárselo a Dolores. Escribiría a su compadre Paulino para que le enviase un propio con el que poder pasar fácilmente los tramites de inmigración en la aduana.
No estaba cansado de la rutina de ver salir el sol por el Turbina y esconderse tras el Mazuco, camino de otras tierras; tampoco le temía al invierno, con esas noches tan largas pegado a la chimenea; ni a la escarcha de la mañana, cuando tenía que romper el hielo en el agua del barreño, para lavarse la cara.
Los días con su Dolores eran tranquilos, no podía tener queja. Ella mantenía la casa limpia como los chorros del oro y a él nunca se le olvidaba un detalle para recordar el día en que se conocieron allá en la romería de Posada la vieja, por San José. Unas veces le compraba unos pendientes de plata y otras un pañuelo bordado para la cabeza.

Parece que lo estoy viendo, era una noche de finales de invierno pero no hacía mucho frío. El camión estaba aparcado en la plaza, con un toldo a dos aguas como de tienda de campaña, ya habían cargados los cuatro bártulos y la gente se arremolinaba alrededor.
No se distinguía bien quien hacia las Américas y quien se quedaba en el pueblo; los abrazos y lamentos se repartían por igual por toda la plaza. Eran varias las familias que emigraban a la vez para aprovechar el viaje al Musel en el mismo camión, después, cada una tomaría su rumbo según la parentela que las hubiesen reclamado. Unos embarcarían en el carguero de la Habana y otros hacia Buenos Aires. La familia de Miguel se quedaba en Cuba. Miguel quería conocer las ceibas. Su compadre le había contado que las ceibas eran unos árboles cubanos, con una sombra como la de diez de sus fresnos en verano.

No había cerrado la puerta pensando que la casa sirviese de refugio en esos días en que el “gallego” no dejaba de regar la hierba.
Ya no habría quien usase su guadaña, la hierba crecería a su ser, pero quizás le viniese bien a los corzos que se habían acostumbrado a bajar al prado al atardecer, cuando las ovejas les dejaban el campo libre.
Lo que no podía imaginar es que la techumbre no resistiese el embate del tiempo. Cuando la levantó su padre, las vigas de roble las había cortado en la menguante de enero y él mismo le ayudó siendo chaval.
Hoy sólo quedan en pie los dos fresnos que plantó con su abuelo, y brotan con la misma fuerza en primavera, como cuando con Dolores soñaba otro mundo mejor para los suyos.

Foto: majada en el Alto del Mazuco (Llanes). Miguel Bueno

Influenza

Señoras y señores estamos en una situación muy crítica. Coleccionar objetos y propiedades no sirve absolutamente para nada, salvo para provocar un caos de proporciones históricas que acabará, de no darnos prisa, con toda nuestra raza. Exacto Sres. Jefes de Estado, si no se hubiese fomentado la cultura del Pelotazo, no se hubiera producido la Crisis. Si la Crisis no fuera de esta magnitud, las grandes Multinacionales y la Banca no se desharían del Sector Productivo. Sin el Sector productivo, no hay Consumo. Al no haber Consumo, no se genera riqueza, por lo cual se generan grupos importantes de pobreza. La Pobreza trae miseria. La Miseria, hace incumplir reglamentos y normativas de Sentido Común. Cuando el Sentido Común deja de funcionar, comienza la Barbarie. La Barbarie es el primer síntoma de la Enfermedad. La Enfermedad prolongada en el tiempo, genera Pandemia. Y por último ésta da lugar a la Destrucción y la Muerte. Ahora sólo depende de nosotros intentar recomponer esta situación.

Lo vuelvo a intentar

Él le pasó la llamada. Cinco minutos después el teléfono estaba colgado y se podía escuchar, abrumador, el silencio. Ante preguntas sin respuesta, él irrumpió en el despacho. No pasa nada, le dijo.
Si no pasa nada, entonces... ¿por qué lloro? dijo ella.
Y el abrazo inminente se difuminó en las paredes y una brisa de fracaso y despedida inundó la habitación.

(el título es a la vez título y comentario, jeje)

miércoles, 29 de abril de 2009

Ámbar

La madrugada se mecía con las notas pioneras de un antiguo saxofón, Sidney Bechet, uno de los indiscutibles padres del jazz, me ofrecía los aromas nacidos de la pobreza, y los quejidos con los que se hablaba en el algodón. La vieja Leica me miraba desde la estantería, ella lo sabe casi todo sobre mí, por eso me regala guiños que dispara a solas, y calla cuando no quiero palabras, y habla cuando no me quedan frases para poderlas contar. Abandoné la butaca lentamente, me pareció como si el tiempo de adentro se quedase suspendido, flotando a la espera de algo, mientras, en la calle, los cantos de sirena anunciaban la llegada de la muerte hasta otro ajuste de cuentas, con resultado de resta final. La ciudad dormía su odisea despierta. Me dirigí hacia los últimos tragos llegados desde Kentuky, la M3 cerró el diafragma de nuevo, sin ayuda, para mostrarme su complicidad.
Y así volví al descanso que me otorgaban madera, y cuero, conjugados en forma de butacón, y volvió la atención a prestarme sus oídos para el sonido de viento negro, y volví a encontrar frente a mí, dentro del cuarto de colores ámbar, toda la amplitud de la eternidad vestida de largo, y la estrechez del espacio en el que tantos días te busqué.

-chus-

martes, 28 de abril de 2009

Juegos peliagudos


— ¿Por qué no jugamos a la gallinita ciega? —dijo Luís entusiasmado.
— ¿Y por qué no a la pata coja? —argumentó Javier.
— Prefiero jugar al escondite —expresó Carlos displicente.
Y nadie más protestó; Carlos era el cabecilla y como tal salió disparado por el campo alejándose en la distancia hasta desaparecer en el bosque mientras gritaba a los otros.
— ¡Buscadme!
Entonces Javier miró a Luís
— Se ha escondido —corroboró mohíno.
— Lejísimos ¿eh? —opinó el otro algo nervioso.
—Sí —contestó Javi—, mejor voy yo a buscarlo. Tú quédate aquí, posiblemente tarde un poco.
Y se fue arrastrando a duras penas su pierna renga.
Luís suspiró al tiempo que buscaba un sitio para sentarse y esperar con paciencia la vuelta de sus compañeros. Palpando todo el perímetro de la piedra comprobó que era lo suficiente amplia, después, a tientas, buscó acomodo.


La seda del amor

No soy una quimera, porque escribo
y muerdo y acaricio, lamo, bebo
las partes de la piel por la que vivo.
Soy seda del amor, por eso debo
rozarte con corpiño fugitivo
y decirte que soy una quimera
aunque mate de amor, aunque me muera.

De "Al fin un domicilio"