
Siempre bañadas con sangre, muchas veces agotadas, fue su lucha cotidiana pero eran idealistas y jamás cejaban, aunque no podían ganar todas las batallas; Varias las perdían, pero con la conciencia tranquila, habían dado todo cuanto podían hasta quedar extenuadas.
No todo era esfuerzo y trabajo, tantas cosas las gratificaban, la sonrisa y las palabras agradecidas de una madre, un hijo, un amigo, un hermano.
Regresaban a su casa sintiéndose pequeñas para llevar los obsequios tan valiosos que les daban, toda esa gente escasa de dinero pero con riqueza en el alma, las llenaban con flores y frutos de sus jardines, artesanías, bordados, golosinas caseras que especialmente para ellas preparaban y con sus pocos billetes también les compraban pequeños pero tan grandes regalos que esas manos recibían emocionadas.
Ellas no ignoraban a la adversaria que desafiaban, tampoco a todos los cómplices con que esta contaba, seres mediocres que para disimular esa condición, de soberbia se empapaban, desaprensivos, inhumanos. Pero nunca imaginaron la venganza que su enemiga planeaba por impedirle arrebatar las vidas que reclamaba.
Una gris mañana de entre sus brazos les quitaron al ser que más adoraban y quedaron desbaratadas, perdieron su fuerza, ya no tiene un sentido su existencia, no sirven para nada, un temblor persistente las recorre, desde entonces solo pudieron dibujar letras, formar palabras para escribir textos que por momentos a olvidar su agonía las ayude y en otros gritar en silencio el paroxístico dolor que las atrapa. Ya no se manchan con sangre, con lágrimas están bañadas esas pobres manos derrotadas.