A primeros de marzo, se inicia el alborear de la primavera en Pacanda.
Los amentos de los sauces son los primeros en dar un toque de color a la desnudez del invierno en la orilla del arroyo.
Los piescos recortan la silueta de la montaña anunciando que ya se fueron las nieves, y los magnolios con su fuerza sacada del interior de la tierra, estallan en una inflorescencia tan llamativa como baldía, saben que su esplendor es efímero y al final no fuese nada, ni un fruto, ni una vana semilla que llevarse a la mesa.
Fotografía y texto: Miguel Bueno
miguelbueno.blogspot.com
En Pacanda huele realmente bien... ¿te he comentado que la otra noche anduve por allí? Sí...
ResponderEliminarCuando vengas de día, verás maravilla. Te esperamos.
ResponderEliminarUn abrazo
Piedra