El espejo ennegrecido colgando de la ventana le devolvió su imagen afable, serena, curtida por años de vida sin pena ni gloria. Prefería afeitarse allí, en su habitación de pensionado. Prestaba Roque poca atención a sus pertenencias, por lo que el cordoncito que sostenía el espejo acabó por cortarse ese día. El espejo se estrelló contra el piso y saltó en una lluvia de astillas que se desparramaron por el cuarto. “Bueno, ya era tiempo de comprar otro” pensó Roque, “uno de estos días me iba a degollar afeitándome con esa poquería” y juntó los pedazos en una bolsa.
Roque vivía solo, no tenía familia y su vida era un rutinario ir del trabajo a la pensión, de la pensión al trabajo. La monotonía se había adueñado de él hacía tantos años que ya no la notaba. No tenía mala relación con sus compañeros de oficina y de vivienda, aunque tampoco buena, no había nadie a quien pudiera llamar amigo, la gente tenía sus familias y no tenían tiempo para más. O no les interesaba tenerlo, lo mismo daba.
Como todas las noches, Roque puso la alarma del reloj y se recostó en su cama, que nunca se molestaba en hacer. Y fue entonces que lo sintió. Una punzada aguda en medio de la espalda. Intentó llevarse la mano al sitio, pero estaba justo en esa parte a la que no hay forma de llegar salvo que uno sea contorsionista. “Una astilla del espejo” pensó, y se levantó. El espejo del baño le mostró un punto rojo con una gotita de sangre. Roque intentó llegar al sitio adoptando con sus brazos las poses más extrañas, rascó, frotó, apretó, pero nada, no podía agarrar la condenada astilla. Cansado por el esfuerzo y por la hora, se fue a dormir. Durante unos días, no hubo más noticia de la astilla que algún sobresalto cuando apoyaba la espalda en una silla, o cuando se iba a acostar, pero poca importancia le dio, hasta que el dolor empezó a hacerse punzante y la herida a latir. Fastidiado, decidió que no tenía alternativa más que ir al médico. Ya en la guardia del hospital, le dieron unos antibióticos “¿Pero no me va a sacar la astilla?” preguntó al médico “No hacemos eso en la guardia, se hace en cirugía, va a tener que pedir un turno”. El turno resultó ser para dentro de tres semanas, así que Roque se volvió a su casa con astilla y todo. Ese día en la oficina el dolor se hacía cada vez más punzante. No estaba tan honda, sólo había que apretar un poco, y con una pincita…si podía sentirla cuando llegaba hasta ella con un dedo, lo que no podía era agarrarla. Pensó en sus compañeros ¿y si le pedía a Alfredo que se la sacara? No, haría el ridículo, no daba. ¿Y a Carlos? Descartó la idea, apenas se saludaban. ¿Y en la pensión? Tampoco, pedirle a alguien que revuelva en un absceso con una pinza no es tan simple.
Esa noche puso su reloj como siempre, pero se despertó mucho antes, bañado en sudor. Intentó levantarse, pero las piernas estaban flojas, como si tuviera una terrible gripe, así que volvió a acostarse y siguió durmiendo. De a ratos, las punzadas en la espalda lo despertaban. Volvió a intentar levantarse, pero la voluntad le falló, la habitación daba vueltas. Se desparramó boca abajo en su cama dura, y así se quedó. Durmió todo el día, y al siguiente, y al otro. No tenía hambre, la herida le latía y la habitación parecía haberse sumido en una bruma movediza. A pesar del dolor, estaba cómodo boca abajo, con la cara estrellada contra la almohada y bien cubierto con sus cobijas, a pesar de los ataques de sudor. Abría los ojos de a ratos, echaba una mirada a su alrededor con la vista perdida y volvía a cerrarlos. Un entresueño se coló en un momento de semiincociencia. Volando en el tiempo, aterrizó en el tobogán de la plaza. Un grito, un descenso brusco, y un ir a buscar a mamá “me lastimé” había llorisqueado. Recién al llegar a casa juntó valor para confiarle a su madre dónde había sido. La astilla del tobogán se había clavado sin piedad en su nalga tierna. Bajarse los pantalones ante mamá a los ocho o nueve años fue difícil, aún recordaba la vergüenza, pero mamá sacó la astilla, desinfectó y vendó la lastimadura, y consoló. Mamá…si sólo le hubiera durado un poquito más… Aún la extrañaba. Más ensueños vinieron, recuerdos, fragmentos, alguna pesadilla. Las sábanas empapadas ya no le molestaban, en realidad, ya casi ni sentía la astilla, sólo sueño.
“¿Roque?” preguntó Alfredo, el de la oficina “Pero si estaba lo más bien ¿qué le pasó?” “No se sabe, parece que fue un infarto mientras dormía, lo encontraron ayer” “Pobre, tan atento que era…” “Sí…pobre… habría que ir un rato… “No, no hay velatorio, lo llevaron directamente” “Ah… bueno… qué le vamos a hacer, no somos nada….bueno… voy al kiosco ¿alguien quiere algo?” “Galletitas y unos cigarros” “A mí traéme una Seven up…” “Pobre Roque… ¿algo más?” “¿Y si encargamos unas empanadas?” “¡Dale!”